← Volver

Por qué continúo escribiendo, a veces, con papel y bolígrafo

Escribir a mano sigue siendo una forma sencilla de pensar con calma, ordenar ideas y concentrarse, incluso en un mundo lleno de herramientas digitales.

ReflexionesEscritura
Escribir a mano con papel y bolígrafo

Por qué continúo escribiendo, a veces, con papel y bolígrafo

Tengo prácticamente toda la tecnología que necesito para evitar escribir a mano. Puedo tomar notas en el ordenador, guardar documentos en la nube, buscar cualquier información en segundos y utilizar inteligencia artificial para resumir, traducir, explicar conceptos o ayudarme a desarrollar software, como hoy día hace todo el mundo.

Y utilizo todas esas herramientas, desde hace tiempo, y aún estoy maravillado de cómo nos ayudan en este tipo de tareas.

Sin embargo, sigo teniendo cuadernos sobre mi mesa y continúo comprando libros en papel, aunque utilizo mucho mi Kindle para leer, claro está. Cuando estudio matemáticas (por todo lo relacionado con la computación cuántica), muchas veces desarrollo los cálculos paso a paso en una hoja. Y, aunque utilizo asistentes de inteligencia artificial para programar, también procuro reservar momentos en los que escribo código sin ninguna ayuda, esto es, tú solo con el IDE y si acaso alguna ayuda puntual con Google o Github Copilot.

Te voy a explicar por qué considero que esto es importante.

No es nostalgia. Tampoco pienso que escribir con un bolígrafo sea mejor que hacerlo con un teclado ni que programar sin inteligencia artificial nos convierta necesariamente en mejores programadores, seguramente, veremos en unos años, será todo lo contrario.

Mi preocupación es otra.

Cada vez disponemos de más herramientas capaces de hacer cosas por nosotros, y eso está bien, qué duda cabe. La cuestión es qué ocurre con nuestra capacidad para hacerlas cuando dejamos de necesitarlas.

Una herramienta puede amplificar una capacidad o sustituirla

Y lo que veo a mi alrededor, lo que leo de uno y de otro, es que el camino va más bien por lo segundo.

La tecnología siempre ha permitido delegar parte de nuestro trabajo.

Una calculadora evita realizar determinadas operaciones manualmente. Un GPS nos permite llegar a un lugar sin conocer previamente el camino. Un buscador evita recordar dónde encontramos cierta información. Un IDE detecta errores que antes teníamos que descubrir nosotros mismos.

Nada de esto es necesariamente negativo, salvo que pienses como un amish y vivas escondido en un pueblo de la América profunda en el interior de un bosque remoto. Incluso eso, lo puedo entender y tampoco lo veo como algo negativo.

Delegar tareas nos permite concentrarnos en problemas diferentes y, con frecuencia, más importantes. Buena parte del progreso tecnológico consiste precisamente en eso: construir herramientas que nos permitan hacer más utilizando menos tiempo y esfuerzo.

La inteligencia artificial generativa ha acelerado enormemente este proceso porque ya no automatizamos únicamente tareas mecánicas. Podemos delegar actividades que hasta hace poco asociábamos directamente con capacidades intelectuales: escribir, resumir, traducir, razonar sobre un problema, generar código o explicar una idea. Y funciona bien, extraordinaria y sorprendentemente bien.

Hay, sin embargo, una diferencia que me parece importante entre utilizar una herramienta para amplificar una capacidad y utilizarla para sustituirla.

No siempre existe una frontera clara entre ambas situaciones. De hecho, probablemente sea una cuestión de grado.

Y lo digo porque después de décadas observando el impacto de la llamada sociedad de la información, lo que percibo es justamente personas más desinformadas, borregas y con menos cabeza que antes.

Puedo utilizar un asistente de IA para explorar alternativas a una solución que ya comprendo. Pero también puedo pedirle directamente una solución a un problema que todavía no sé resolver. El resultado puede parecer similar, pero intelectualmente son situaciones muy diferentes.

En el primer caso, la herramienta amplía lo que puedo hacer.

En el segundo, existe el riesgo de que evite practicar precisamente aquello que necesito aprender.

Ser más productivo no siempre significa aprender más

Esta distinción se vuelve especialmente importante cuando confundimos productividad con aprendizaje.

Si mi objetivo consiste en completar una tarea, tiene sentido utilizar las herramientas que me permitan hacerlo de la forma más eficiente posible. Sería extraño renunciar sistemáticamente a una calculadora, un compilador, un buscador o un asistente de inteligencia artificial simplemente porque puedo hacer parte de su trabajo manualmente.

Pero aprender plantea un objetivo diferente.

Cuando estoy aprendiendo, el esfuerzo no es necesariamente un problema que deba eliminar.

En ocasiones, es precisamente parte del proceso.

Pensemos en un cálculo matemático. Si necesito conocer únicamente el resultado, utilizar una herramienta que lo obtenga inmediatamente puede ser la decisión adecuada. Pero si estoy estudiando qué transformaciones permiten llegar a ese resultado, obtener solamente el número final resuelve una necesidad distinta.

Existe una diferencia importante entre obtener una respuesta y comprender por qué esa respuesta es correcta.

Lo mismo sucede al programar.

Podemos pedir a un asistente que implemente un algoritmo, utilizar el código generado y comprobar que funciona. Esto puede ser extraordinariamente productivo. Pero escribir nosotros mismos ese algoritmo obliga a mantener decisiones, restricciones y estructuras mentales que desaparecen parcialmente cuando recibimos directamente una implementación.

Una actividad busca completar el trabajo.

La otra busca ejercitar una capacidad.

Ambas tienen sentido, pero no persiguen necesariamente lo mismo.

Por qué sigo escribiendo a mano

Escribir con papel y bolígrafo es bastante menos eficiente que hacerlo con un teclado.

No puedo reorganizar un párrafo fácilmente. No existe Ctrl+Z. Buscar algo que escribí hace meses puede ser complicado y recuperar una idea depende bastante más de mi propia organización.

Aun así, a veces lo prefiero.

Sobre todo cuando quiero pensar.

La limitación de velocidad deja de ser entonces únicamente una desventaja. Al escribir más despacio también tengo que decidir qué quiero escribir antes de hacerlo. No puedo producir texto con la misma facilidad y eso modifica mi relación con lo que estoy escribiendo.

No utilizo papel para todo. Sería absurdo en mi forma habitual de trabajar. Lo utilizo deliberadamente en determinados momentos porque quiero seguir ejercitando la escritura como una actividad intelectual y no únicamente como el proceso de introducir texto en una herramienta.

Algo parecido me ocurre con la lectura.

Utilizo dispositivos digitales y leo continuamente documentación y contenidos en una pantalla. Pero sigo leyendo libros en papel. Para mí representan un espacio diferente, con menos posibilidades de cambiar inmediatamente de contexto y con una relación más directa con la lectura.

No creo que eso convierta automáticamente al papel en un soporte superior. Simplemente encuentro valor en conservar ambas formas de leer.

Hacer los cálculos aunque una máquina pueda hacerlos

Con las matemáticas ocurre algo todavía más evidente.

Hoy resulta trivial obtener el resultado de multitud de operaciones. Tenemos calculadoras, herramientas de cálculo simbólico, notebooks y sistemas de inteligencia artificial capaces de desarrollar expresiones y explicar sus pasos.

Yo también los utilizo.

Pero cuando estoy estudiando un concepto matemático, muchas veces sigo tomando papel y desarrollando personalmente las operaciones.

No porque considere importante demostrar que puedo calcular algo que una máquina resuelve en una fracción de segundo. El valor está en el propio recorrido: identificar qué tengo delante, elegir una transformación, cometer un error, detectarlo, volver atrás y comprender por qué un paso conduce al siguiente.

El resultado matemático importa.

Pero, cuando estoy aprendiendo, el camino hasta el resultado también forma parte del resultado.

Eliminar sistemáticamente ese camino puede hacernos más rápidos. Lo que no tengo tan claro es que siempre nos haga mejores comprendiendo aquello que hacemos.

Programar sin un asistente de IA

Probablemente sea en la programación donde más evidente me resulta actualmente esta reflexión.

Los asistentes de programación basados en inteligencia artificial son extraordinariamente útiles. Pueden generar código, completar funciones, explicar implementaciones, proponer pruebas, localizar errores o sugerir alternativas en segundos.

Los utilizo y no tengo intención de dejar de hacerlo.

Pero precisamente porque cada vez son mejores, creo que también tiene sentido que continúe programando parte del tiempo sin ellos.

Cuando escribo código sin asistencia tengo que mantener una representación mental del problema, recordar las características del lenguaje, pensar en las estructuras de datos, decidir cómo dividir una solución y enfrentarme directamente a mis propios errores.

No siempre es la forma más productiva de trabajar.

Ese es precisamente el punto.

Si estoy resolviendo un problema profesional, la productividad puede ser prioritaria y utilizaré las herramientas que considere apropiadas. Si estoy aprendiendo Rust, estudiando un algoritmo o intentando comprender mejor un determinado mecanismo, quizá mi objetivo no sea terminar antes.

Quizá mi objetivo sea hacer trabajar a mi cerebro.

Un asistente puede ayudarme enormemente después: comparar mi solución con otras alternativas, señalar un problema que no había visto, explicar una característica del lenguaje o proponer optimizaciones. La IA puede convertirse así en un amplificador del aprendizaje.

Pero para que pueda amplificar algo, quiero asegurarme de seguir construyendo primero una capacidad propia.

El esfuerzo intelectual también puede entrenarse

Hay una analogía que me resulta especialmente útil.

Tenemos automóviles, ascensores y escaleras mecánicas. Ninguno de esos inventos ha hecho inútil caminar o correr.

Cuando salimos a correr durante varios kilómetros no lo hacemos porque sea la forma más eficiente de desplazarnos hasta algún lugar. Lo hacemos, entre otras razones, porque el propio esfuerzo tiene valor para nuestro cuerpo.

Creo que podemos aplicar una idea parecida a algunas capacidades intelectuales.

Resolver un problema sin consultar inmediatamente la respuesta. Intentar recordar antes de buscar. Desarrollar un cálculo. Leer durante un periodo prolongado sin cambiar continuamente de contexto. Escribir una idea desde cero. Programar una solución antes de pedir a una IA que la genere.

Son actividades que requieren esfuerzo cognitivo.

Y cada vez tenemos más herramientas capaces de ahorrárnoslo.

El problema aparece si llegamos a considerar cualquier esfuerzo intelectual como una ineficiencia que debe eliminarse. Porque, en algunas situaciones, aquello que parece fricción puede formar parte del entrenamiento.

No utilizar menos tecnología, sino utilizarla conscientemente

No creo que la respuesta sea establecer una especie de resistencia frente a la tecnología.

Mucho menos frente a la inteligencia artificial.

Eso supondría renunciar a herramientas extraordinarias y, además, desviaría la cuestión hacia una falsa elección entre tecnología y capacidades humanas. Podemos disponer de ambas.

Para mí, la cuestión consiste en distinguir cuándo quiero delegar una tarea y cuándo quiero practicarla.

Si necesito ser productivo, automatizo todo aquello que tenga sentido automatizar. Si necesito aprender o quiero conservar una determinada habilidad, a veces decido deliberadamente no hacerlo.

Esa decisión cambia el papel de la tecnología. Deja de ser algo que utilizamos automáticamente siempre que está disponible y pasa a convertirse en una herramienta que elegimos según nuestro objetivo.

No necesito hacer todos mis cálculos manualmente para conservar mi capacidad de razonar matemáticamente. Tampoco necesito escribir todos mis textos a mano ni renunciar a un asistente de programación para conservar mis habilidades como desarrollador.

Pero sí creo que necesito seguir practicando aquello que considero importante.

Porque delegar una tarea y perder la capacidad para realizarla no son la misma cosa.

Y me gustaría mantener esa diferencia.

Las capacidades que queremos conservar

Probablemente cada persona tenga una lista distinta.

La mía incluye escribir, leer con atención, razonar sobre problemas, trabajar con matemáticas y continuar programando sin asistencia al menos durante parte de mi tiempo.

No porque crea que el futuro vaya a necesitar menos tecnología. Pienso exactamente lo contrario.

Mi preocupación tampoco es que la tecnología sea capaz de hacer cada vez más cosas por nosotros. Eso me parece una consecuencia extraordinariamente interesante del progreso tecnológico.

Mi preocupación es dejar de saber hacerlas nosotros.

Por eso continúo teniendo papel y bolígrafo cerca. Por eso sigo abriendo un libro impreso cuando podría leerlo en una pantalla. Por eso lleno hojas con cálculos cuyo resultado podría obtener inmediatamente. Y por eso, algunas veces, desactivo el asistente y simplemente programo.

Espero que si has leído hasta aquí, hayas comprendido la métafora del bolígrafo y el papel.

No busco ser más eficiente durante esos momentos.

Estoy entrenando.

Quizá la cuestión que tendremos que plantearnos cada vez con mayor frecuencia no sea cuánto queremos utilizar la tecnología. Tampoco cuánto trabajo estaremos dispuestos a delegar en una inteligencia artificial.

La pregunta que me parece realmente interesante es otra:

¿Qué capacidades queremos conservar cuando la tecnología haga que ya no necesitemos utilizarlas?