"...no vaya a ser que cambie tu modo de pensar". Leí una vez en un libro de esos de desarrollo personal.

Comienza el año y después de tanto Rosco de Reyes (dulce típico en España y que pone fin a las navidades), te das cuenta de que ya es enero, vuelves al trabajo y esa enorme lista de propósitos y proyectos que alegremente hacías en diciembre, ahora la tienes delante y es hora de empezar a hacer cosas.

O sea, lo de siempre, comienza el camino para que al final del año, si nos seguimos acordando de esa lista, nos demos cuenta de que no hemos conseguido ni la mitad de la mitad. Es más, yo creo que esas promesas de mejora para el nuevo año entrante son más bien un tirar hacia delante y una excusa para justificar lo difícil que nos resulta actuar y hacer lo que debemos y queremos hacer. ¿O no?

Vale, sí, yo soy el primero que uso esas listas, las uso desde hace mucho con mayor o menor éxito. Uno de mis propósitos para este año se seguir leyendo más y mejores libros de todos los temas que me interesan, muchos de ellos de tecnología, otros de desarrollo personal, etc. 

¿Es que puede ser de otro modo? ¿Puede existir cualquier negocio o profesión que no avance sin seguir aprendiendo? Todo evoluciona, si no lo hacemos al mismo ritmo que todo lo demás, podemos terminar intentando vender algo a clientes de un mercado que desapareció o se transformó hace mucho.

La pregunta de este post es algo típica pero no menos importante; recientemente leía que en un 70% de los casos de gente que abandona su empleo, en realidad están huyendo de sus jefes. Lamentable, sobre todo porque un buen profesional se puede echar a perder si no se rodea del equipo adecuado, pero, en especial, de un jefe (manager o coordinador) que haga bien su trabajo. También oí una vez decir a Sergio Fernández que uno tiene que poder elegir a su jefe. Sea así o no, la realidad es que un mal gestor puede hacerte la vida imposible y uno bueno puede hacer que vayamos a la oficina con una motivación extraordinaria.

Entre otras cosas, dirijo equipos de desarrollo desde hace mucho tiempo y llevo años con la convicción de que un buen proyecto tiene éxito no sólo por la profesionalidad con la que se encara, también por el buen hacer de quien tiene ese trabajo de coordinar el de los demás.

Nunca me ha gustado la palabra jefe, ni manager (¿pero por qué en LinkedIn todo el mundo se etiqueta como manager de algo?), por sonarme demasiado a jerarquía o como si dentro de cualquier organización unas personas fuesen más importantes que otras. Cada uno tiene su papel y para que todo funcione, cada uno, individualmente, tiene que hacer el suyo de manera profesional. Sí, esto suena muy democrático y guay decirlo, no lo es tanto aplicarlo en el día a día. Esa idea de "todo vamos en el mismo barco", "el equipo es lo primero", etc. que tanto les gusta a los managers de medio pelo repetir, no siempre se traduce en acciones reales. Vamos, que una cosa es lo que se dice y otra muy distinta lo que se hace.

Pero, ¿en qué consiste en realidad ser un buen gestor?, ¿puede un proyecto con éxito considerarse como tal si el equipo de trabajo está quemado y el gestor es el que se lleva todas las medallas ($)?, esto último es tanto como decir que las empresas y compañías existen sólo para hacer dinero y generar beneficios. No, no sólo deben existir para eso, los beneficios deben ser una consecuencia de hacer las cosas bien y proveer de un trabajo de calidad a todas las personas que forman parte de esa organización. 

En cierta forma, un proyecto software tiene una naturaleza un poco especial a diferencia de otro tipo de trabajos, de modo que hay que conocer bien esos detalles diferenciadores para que todo vaya bien. 

¿Quieres mejorar como gestor? ¿Quieres evaluar a tu jefe y a lo mejor ponerlo a caldo? Pues sigue leyendo.

Me gusta aplicar conceptos de desarrollo personal y coaching a mi trabajo como desarrollador de software y director del departamento que dirijo.

O pasamos tiempo teorizando, divagando y leyendo sobre esto y aquello (y seguramente llenando la cabeza de mucha información), o bien intentamos integrar en la acción todo eso, en el día a día, en las cosas que realizamos; si no lo hacemos así, en mi opinión perdemos el tiempo a no ser que te tomes esa avalancha de información como simple ocio: puedes leer un libro magnífico de lo que sea, no sé, como este en el que estoy ahora enfrascado sobre metodología lean en experiencias de usuario, pero si no aplicas lo que lees, no llegarás nunca a ningún tipo de conocimiento.

El conocimiento surje de aplicar lo que has aprendido. Generalmente confundimos verdadero conocimiento (experiencia) con una saturación total de información que nos impide realmente centrarnos y profundizar en nada.

Me temo que pasamos demasiado tiempo llenando la taza de información inútil y muy poco tiempo consiguiendo ese verdadero conocimiento que es el que nos resulta útil y práctico para hacer cosas. Yo siempre lo digo, no nos pagan para aprender cosas, tarea, por otra parte, infinita, sino por hacer cosas. Hay que leer, asistir a cursos y seminarios, claro, pero eso no basta; hay que aplicar en proyectos, sean profesionales o personales, todo eso para realmente adquirir ese conocimiento y experiencia.

Me encanta la teoría de la última milla: alguien que practica jogging y que quiere superarse cada vez más, conseguir mayores distancias, no lo consigue de un día para otro, sino paulatinamente; una vez has alcanzado la distancia que te has propuesto, no pares ahí, sigue, continúa aunque sean quinientos metros más o un kilómetro. En otras palabras, cuando ya has conseguido el objetivo que te has propuesto, continúa un poco más.

Ese poco más es el que te diferencia del resto, de los demás, de la competencia, y es lo que te permitirá superar tus limitaciones personales.

La excelencia o el trabajo bien hecho no consiste en un único aspecto que hay que cuidar, sino en todo lo que conlleva ese trabajo, desde la documentación, la calidad de las pruebas, incluso la calidad de las noticias en la web que hablan de ese proyecto. Como leí una vez, "como haces algo, así lo haces todo".

¿Cómo podemos aplicar la teoría de la última milla en nuestro trabajo como desarrolladores o en nuestro día a día laboral?

A continuación sugiero algunas de las cosas que yo hago, que no es que las haya leído y ahora me sirva para escribir esto o quedar bien con mis amigos o los clientes a los que intentamos vender algo, no, es lo que practico casi a diario desde hace años.

La resiliencia es un concepto que me encanta; aunque tiene muchas acepciones distintas, yo me quedo con aquella sobre la capacidad que tenemos de afrontar situaciones complicadas y resolverlas, aprendiendo de ellas y saliendo airosos y fortalecidos. La experiencia nos puede destruir, pero también nos puede fortalecer, todo depende de la actitud con la que la afrontemos.

Este concepto de corte más bien psicológico, lo aplico desde hace años de manera natural a los proyectos software en los que participo. En definitiva, lo que intento es aprender de los errores y mejorar todo aquello que pueda ser mejorable, ni más ni menos. El efecto de esto es que con el tiempo vamos acumulando mejores conocimientos, mejores formas de hacer las cosas y de encarar los proyectos. Lo peor en cualquier proyecto es que en algún momento podamos sentir eso de tropezar con la misma piedra de nuevo.

Pero, ¿hay algo que mejorar? Es imposible aprender de las situaciones si antes ni siquiera nos planteamos la duda de si existe algo por mejorar. Me temo que en nuestro sector hay a veces demasiada soberbia que impide reconocer los errores. 

Siempre hay algo que mejorar; si tenemos la valentía y humildad de reconocerlo, nos convertiremos poco a poco en mejores profesionales.

Se mejora continuamente cuando tenemos instaurada esta capacidad de mejora como un hábito en el día a día. Para ello, cada vez que termino un nuevo proyecto o un sprint de desarrollo, me gusta evaluar todo aquello mejorable y en ocasiones plantear una sesión de tipo que yo mismo llamo de "Lecciones aprendidas" en la que todos los miembros del equipo, incluido yo mismo, reconocemos en qué nos hemos podido equivocar e identificamos todo aquello que podríamos mejorar para el siguiente proyecto.

Hace unos años hice un ejercicio muy sencillo que recomiendo a todo el mundo que haga en algún momento del año: era viernes y anoté todas las llamadas telefónicas que había recibido durante la semana, tanto al fijo como al móvil.

Después fui analizando una a una (al menos aquellas de las que me acordaba) descubriendo algo que me hizo pensar bastante:

  • La mayoría de las llamadas me interrumpieron en algo que estaba haciendo en ese momento muy concentrado.
  • Muchas de ellas no me aportaron nada para resolver alguna tarea bajo mi responsabilidad, sino que me reclamaban para resolver las tareas bajo responsabilidad de otros.
  • Otro grupo de ellas se podían haber sustituido con un sencillo correo electrónico que yo habría elegido leer en el momento mas adeacuado en el mismo día.
  • Solo unas pocas eran verdaderamente importantes (para mí).
  • Ninguna era absolutamente trascendente y urgente para que tuviera que atenderla en ese preciso momento.

Me pregunto si es esto productividad o simple pérdida de tiempo. En cierta medida, desde todas aquellas conclusiones he llegado hasta el día de hoy mejorando en muchos aspectos de mi día a día.

Quizá estamos pasando una época en la que el mismo concepto de éxito se está redefiniendo de una manera totalmente distinta. Hasta hace bien poco, se consideraba una persona de éxito aquella que económicamente ha conseguido reunir una gran fortuna o patrimonio (sin importar la forma), una empresa de éxito aquella que ha crecido con dos dígitos porcentuales de año en año (sin importar la satisfacción laboral de sus ejecutivos, empleados y clientes), una familia de éxito aquella que vive rodeada de comodidades y maravillosas vacaciones en hoteles con todo incluido (sin importar tampoco la falta de conexión entre sus miembros), por poner algunos ejemplos. Al mismo tiempo el downshifting laboral comienza a ser un fenómeno cada vez más común.

¿Y qué demonios tiene esto que ver con el desarrollo de software?

Como en cualquier otra actividad profesional proyectamos en ella muchos defectos y virtudes que heredamos de nuestra vida diaria, aunque la relación no la veamos directamente.

Recientemente El Libro Negro del Programador ha recibido un comentario bastante elogioso desde Amazon.com y que, con permiso de su autor (al que agradezco profundamente), copio y pego a continuación:

"Lectura indispensable para los que nos dedicamos a la programación porque trata temas esenciales en cuanto a la productividad, la eficiencia, la calidad del software y el manejo del tiempo. La gran ventaja de este libro es que no es un libro mas sobre teoría de la ingeniería de software, sino que el autor aporta la gran experiencia que tiene y acierta en la solución los problemas a los que nos enfrentamos los desarrolladores a la hora de afrontar proyectos de desarrollo, explica con detalle cuáles son las malas prácticas que llevan al fracaso de los proyectos y plantea soluciones efectivas. Un punto clave que platea el autor es la importancia de nuestra profesión en el contexto actual mostrando las ventajas de ser un buen profesional del desarrollo, estas ventajas las muestra presentando un panorama muy positivo con grandes expectativas en el entorno productivo."

Para mí que el éxito se tiende erróneamente a asociar más al efecto que a la causa que lo provoca y de ahí que cometamos recurrentemente el error de embarcarnos en un proyecto sólo por su remuneración económica (vale, vale, ya sé que la pasta es importante, pero ni mucho menos es lo único), o ser amable con alguien para conseguir algo de esa persona, o apuntarnos a un intenso programa de ejercicio para adelgazar esos kilos de más, etc.

¿Somos los mejores profesionales que podríamos llegar a ser?

¿Aportamos valor realmente a la compañía para la que trabajamos o a los clientes que nos pagan los honorarios? ¿o nos limitamos a hacer lo que nos dicen y nada más y no sabemos tomar la iniciativa en ningún asunto?

Se usa a menudo la expresión aportar valor pero en la mayoría de las ocasiones sólo queda como un simple titular de promoción interna en los departamentos de recursos humanos. Queda muy bien, pero realmente no se cambia absolutamente nada para que exista una cultura corporativa que promueva el valor, el talento y la proactividad. Veo demasiada gente hablando de proactividad pero actuando muy poco proactivamente: decimos una cosa pero después hacemos otra totalmente distinta. A mí esto me suena al principo de la locura.

No sabremos aportar valor en nuestro entorno si no invertimos en nosotros mismos. Es, de hecho, la mejor inversión que podemos hacer.

Quizá nos han educado para buscar un empleo del que vivir, trabajar en algo con lo que ganarnos la vida y pagar las facturas a final de mes. Quizá, digo, no pusieron durante nuestra educación el énfasis necesario para que siempre busquemos trabajar en algo que no sólo nos guste, sino que nos apasione. Otra cosa distinta es que eso mismo lo busquemos como empleado o como empleador, aunque lo que aquí quiero recalcar es que la excelencia, la calidad, siempre surge cuando amamos lo que hacemos con una intensidad superior al resto de nuestras obligaciones.

No existe ningún trabajo en el que todas las tareas que tienes que realizar sean siempre gratas; para conseguir un objetivo final, un proyecto con resultados, hay que hacer muchas cosas diferentes, unas nos pueden gustar más, otras menos, pero si cuando terminamos el proyecto, dando paso a una nueva fase en él o comenzando otro completamente nuevo, no sentimos cierta satisfacción, orgullo personal o una sencilla alegría por haber terminado algo con calidad y lo mejor posible dadas las circunstancias, entonces es que no estamos dedicando nuestra vida laboral a lo que realmente nos apasiona.

En software esto tiene un impacto enorme, aunque no siempre nos damos cuenta de las consecuencias desastrosas que esto tiene para la ejecución con éxito de un proyecto.

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Segunda Edición - 2017

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